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Caminar y dejarse sorprender

¡Hola! Soy Ana, una caminante más. Hace ya seis años, cómo vuela el tiempo, salí de casa para comenzar una de las mejores etapas de mi vida, vivir en un Colegio Mayor. Me iba a Madrid a estudiar el grado de Ingeniería de Telecomunicación. No hay tiempo para contaros pero sí os digo que me dio las herramientas que necesitaba para caminar. Conocí a mis mejores amigas, maduré, superé miedos, aprendí a ser independiente y a afrontar mis problemas. En definitiva, crecí. Después de tres años intensos de carrera, tenía ganas de volar, necesitaba respirar un aire distinto.  Decidí escaparme a Londres el último año del grado. Recuerdo no pensarlo dos veces y lanzarme a la aventura, aunque siempre hay momentos en los que, de repente, te entran algunas dudas, miedo. Necesitas un empujón.  Ahí, sin duda, entra en juego mi padre. Nunca ve piedras en el camino, para él todo es posible. No tiene freno. Si hay un problema, automáticamente tiene solución. Es él quien me ha enseñado que las oportunidades hay que buscarlas y lucharlas, porque casi nunca vienen solas.

Londres. Qué lugar. Cuánta magia. Me enamoré de él, de todos los rincones que vivir allí te permite descubrir. Para nada era el Londres que había visitado durante el campamento de verano unos años antes.  Sumergirme en su rutina, conocer su historia, pasear de una punta a otra, salir a correr por sus parques… brutal. Londres, además, me regaló gente maravillosa, grandes amigas que, por cierto, echo mucho de menos. Y es que lo mejor de caminar, sin duda, siempre es y será la compañía.

Volví a España despierta, con la mochila cargada de experiencias, de ilusión, de proyectos futuros. También con ganas de reencontrarme con mis amigas y con el Madrid que tanto me gusta. Venía un año de no parar, primero de Máster, vivir en la uni de lunes a viernes (bueno, y algunos findes). Pero estaba feliz y lo disfruté. Sin duda alguna, Londres me había cargado las pilas. Soy de esas personas que se ilusionan mucho con todo lo que hacen, quizá demasiado. Siempre con una motivación, un objetivo por el que pelear, que suele ser querer superarme, aprovechar cada una de las oportunidades que me surgen. Pero, cuidado. Si decides caminar, no cometas el error de no disfrutar del camino. Un día, paseando con mi hermano a la orilla del Támesis, me dijo: “Ana, tienes que trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. Lo grabé para siempre. Sin duda, tenerlo en mente me ha ayudado a exprimir cada una de las experiencias que he vivido. ¿De qué sirven si no?

De vuelta en Madrid, apenas había empezado el máster y ya tramaba mi próxima aventura: Estados Unidos. He de reconocer que, inicialmente, mi plan era otro.  De hecho, si me hubieseis preguntado un año antes si me planteaba venir a Chicago, os habría dicho rotundamente que no. No me preguntéis el porqué, simplemente no me llamaba la atención, no me convencía. Pero como sabréis, la vida da no una sino mil vueltas. Pues sí, cuando todos estaban de vacaciones en España un doce de agosto, yo iba rumbo al estado de Illinois. Una decisión casi de última hora. Así soy, digo que sí y después ya se verá. Ahora lo pienso y me sorprendo conmigo misma. Para nada soy una persona tan atrevida, diría que al revés. Me gusta tenerlo todo controlado. Sin embargo, cuando veo oportunidades así, pienso que la decisión correcta es aprovecharlas. Lo que cueste y conlleve son solo efectos secundarios sin importancia. Venir a Chicago ha tenido muchísimos más de los que me podría imaginar, pero para bien. Si hay algo que he aprendido con el tiempo es que no puedo controlarlo todo. En cierto modo, hay que dejarse llevar, dejarse sorprender.  Chicago lo ha hecho y lo sigue haciendo cada día.

Hace ya más de un año que estoy aquí. Tengo que reconocer que los principios siempre son algo difíciles, aunque no tanto si vienes con pasaporte España, porque eso significa que tienes familia allá donde vayas. Qué suerte tenemos de ser como somos, de nuestro carácter, nuestra forma de ser.  En la cola del aeropuerto ya hice amigos. A la semana, dupliqué la cifra. Unos meses después, tenía mi nueva familia en Chicago.

Intento recordar y me vienen tantas historias, cuánto que contar.  Los primeros días de adaptación a la nueva rutina y a mis roomates americanas, hacer turismo y explorar Chicago, conocer gente nueva continuamente, planear futuros viajes… Poco a poco, apenas te das cuenta, pasa el tiempo y, de repente,  llega un día en el que entras en tu nueva habitación y te sientes como en casa. Prueba superada.  Siguiente fase, exprimir al máximo los días. Paseos al planetario, los partidos de los Chicago Blackhawks y los Bulls, recorrer la ciudad en bici, disfrutar de las vistas desde las torres Willis y Hancock, viajar a Costa Rica, la fiesta de disfraces de Halloween, patinar sobre hielo en pleno downtown… Qué intenso, cuántas experiencias en tan poco tiempo.

Enseguida llegó Navidad, parada en el camino. Unos días en España a disfrutar de los míos, recargar las pilas y valorar la oportunidad que estaba viviendo. ¡Me sentía tan afortunada! A la vuelta, la despedida fue un poco dura, y eso que ninguno se podría imaginar que no nos veríamos hasta dentro de un año. Quién podría esperarse una pandemia global y las fronteras cerradas durante meses. La segunda parte de este año en Chicago ha sido peculiar, como lo ha sido para el mundo entero, claro. Pero, cómo os decía, para entonces ya había formado mi nueva familia aquí. Nuestro aperitivo los domingos, paseos por Lincoln Park, noches de peli y palomitas, tardes jugando al Catán… He convivido con gente maravillosa, con un corazón muy grande. Sin duda, el mejor regalo de Chicago, rodearme de personas que hoy son fundamentales en mi vida.

Estos meses han estado cargados de emociones fuertes, cancelaciones de vuelos, despedidas. Pero, aunque las condiciones cambien, el tiempo corre. Venir a estudiar un máster en Estados Unidos te ofrece la oportunidad de trabajar aquí al graduarte. Sin duda, es una inversión en tu carrera profesional que yo me negaba a desaprovechar. Por suerte, este verano he podido participar en un programa de prácticas en una empresa que me encanta y donde he aprendido muchísimo y más rápido que nunca.  Me han dado la oportunidad de seguir trabajando con ellos, así que esa es mi siguiente etapa del camino. Después de seis años, pongo punto y aparte a mi etapa de estudiante. No, no es un punto y final. Me queda mucho por aprender y lo mejor es que tengo más ganas que nunca.  Tan solo unos meses trabajando han sido suficientes para comprobar la increíble cantidad de recursos a mi alcance, lo genial que es el networking, los contactos que haces y, por supuesto, las oportunidades que surgen. Además, merece mucho la pena conocer Estados Unidos en el día a día, su gente, la vida aquí. Un país especial, con una mentalidad totalmente diferente a la nuestra. Tenemos mucho que aprender de ellos y, ojo, también ellos de nosotros. Tenemos mil razones por las que estar orgullosos de lo ricas que son nuestra formación y nuestra cultura. No hay empresa en la que hayan contratado a un español y no estén encantados con su trabajo, su dedicación, su empeño. Nos sentimos valorados,  por fin vemos resultados a tanto esfuerzo.

Por supuesto, vivir esta experiencia requiere sacrificar algunas cosas. Fundamentalmente, estar lejos de casa. La verdad es que lo llevo bastante bien, aunque sí tengo miedo a volver y sentir que me he perdido momentos especiales. Ojalá poder parar el tiempo y reanudarlo a la vuelta. Cuando decides caminar, este es el precio a pagar. Por suerte, hoy no es un precio tan caro. ¡Benditas videollamadas! Mamá sigue estando disponible a cualquier hora, detrás de la pantalla, confidente, apoyando cada decisión, confiando ciegamente en mí, como siempre, como nadie más sabe hacer.

Y hasta aquí mi historia. Sé que todavía queda camino por delante, pero a lo que ya he recorrido le pongo un diez, con sus aciertos y tropiezos. Todo un sueño. A veces, para valorarlo, funciona preguntarse a uno mismo: ¿Repetiría? Yo lo haría una y mil veces más.

Ana Risueño

Ana Risueño

Ana Risueño es Ingeniera de Telecomunicaciones por la Universidad Politécnica de Madrid, Máster por el Illinois Institute of Technology.

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