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Y, a pesar de todo, mereció la pena

Entre todos aquellos que vivimos en el extranjero por elección propia, suelo distinguir dos grupos de personas: A los que les costó mucho tomar la decisión por miedo a lo que pudiera venir y a perder lo que dejaban atrás, y los que por el contrario, con muchas ganas de vivir experiencias, hicimos las maletas sin pensarlo demasiado. Yo pertenezco claramente al segundo. En cualquier caso creo que todos—en mayor o menor medida— echamos de menos nuestro país: nuestra cultura, nuestro idioma, nuestro carácter y, en definitiva, esa forma tan nuestra de vivir. Por no hablar de nuestra familia y amigos porque por mucho tiempo que pase, para mi, volver a casa siempre será aterrizar en Barajas.

Os habla una arquitecta madrileña desde Zúrich 3 años después de su llegada. En mi caso, creo que no me di cuenta de cuánto podía echar de menos España hasta que llevaba un tiempo aquí, perdiéndome tantas cosas que me importan. Y sin embargo, si echo la vista atrás, sigo pensando que ha merecido la pena.

Mi primera gran andadura en el extranjero fue aquel verano de 2013 trabajando como au pair en Londres. Me debió de gustar tanto que justo un año después, me estaba marchando de Erasmus a Alemania. Siempre tuve claro que quería irme de Erasmus, la pregunta nunca fue si me iba sino a dónde me iba. El resultado fueron 18 meses en Múnich, puesto que al año como estudiante le sumé 6 meses de prácticas en una empresa de arquitectura hospitalaria en cuya sede Suiza, por cierto, he terminado trabajando 5 años después.

Mi oficina actual

El año en Alemania, probablemente el más intenso de mi vida, me dio la ambición, la fuerza, la experiencia, el nuevo idioma y, sobre todo, a la persona que sembró la semilla para mi posterior mudanza a Suiza. Así pues, un año y medio después, tras terminar mi proyecto de fin de carrera en la universidad politécnica de Madrid y, otra vez con ganas de cambiar de aires, junté un poquito de razón y corazón y puse rumbo a Suiza, dispuesta a continuar con lo que ya había empezado. Si me hubieran dicho en aquel septiembre de 2017 que 3 años después iba a estar en Zúrich sola, encerrada por Covid-19 y sin saber cuándo podré volver a casa a visitar a mi familia, posiblemente nunca habría venido. ERROR. Ha sido un año difícil, no nos vamos a engañar, nadie te prepara para una pandemia mundial en la que te toca estar 4 meses sin ver a los tuyos en un país extranjero y con la única (pero valiosa) compañía de un puñado de amigos que se cuentan con los dedos de las manos. Pero ni a mí, ni a ninguno de los que habéis estado encerrados en casa durante tantas y tantas semanas; porque este 2020 ha multiplicado por 100 cada kilómetro de distancia y yo sigo dando gracias a la existencia de las videollamadas.

Trabajando durante la pandemia

Por el contrario, si me hubieran dicho en ese Enero de 2018 —cuando pasaba las mañanas en la calle a  -5 °C cuidando niños, harta de enviar currículums que nunca recibían respuesta, harta de recorrer los estudios de arquitectura de la ciudad puerta por puerta, aterrada por lo poco que con mi escaso nivel A2 de alemán pudiera llegar a entender y, sobre todo, con la moral por los suelos— que solo 2 años y medio después estaría trabajando como arquitecta en el proyecto de un nuevo hospital de 76.000 m2, viviendo en el centro de la ciudad tras una mudanza y un cambio de empresa, con bici y coche propios, cobrando un sueldo que en España, con mi profesión, no podría ni imaginar y, sobre todo, comunicándome en alemán con relativa facilidad; jamás lo habría creído.

De camino al trabajo en Enero
Mi primera oficina
El primer proyecto construido

A día de hoy tengo amigos con los que solo hablo alemán. Además, también soy capaz de discutir al teléfono temas tanto personales como profesionales e incluso de hacer presentaciones de proyecto en este “sencillo” idioma y, por si fuera poco, he aprendido mucho de arquitectura y construcción. Por supuesto, aún no está todo ganado y aún hay mucho por hacer pero puedo decir que, si mañana las circunstancias me hicieran volver a casa, yo volvería satisfecha.

Construcción del proyecto en el que trabajo actualmente
Visita de obra

Los principios no son fáciles, nadie dijo que lo fueran, pero hoy sonrío al recordar cómo apuntaba cada palabra de mi jefe cuando no entendía nada para posteriormente traducirla, o incluso al acordarme de cuando el frío repentino en pleno Julio me desorientaba. Hoy puedo afirmar rotundamente que venir fue una buena decisión y que en Zúrich he sido feliz; pero no feliz con esa alegría constante de un estudiante erasmus a base de placeres inmediatos, sino feliz con esa felicidad de orgullo de uno mismo. Porque en este país, con sus cosas buenas y malas, he crecido, he madurado, me he desarrollado como profesional y, sobre todo, he aprendido mucho, muchísimo, tanto de mi misma como de la gente con la que he tenido la suerte de poder rodearme; y, para eso, es necesario salir de la zona de confort. Por ello se lo recomiendo a todo el mundo y, por ello, sé que merece la pena.

Paloma Beatriz Caballo Valverde

Paloma Beatriz Caballo Valverde

Paloma Beatriz Caballo Valverde es Arquitecta por la Universidad Politécnica de Madrid.

1 comentario

  • Yo tanbien decidí salir porque el trabajo estába mal pero fue sin miedo y me gustó y el mes que viene volveré a irme está vez sin trabajo aunqcon más opciones