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Jugando a ser adultos

Con 24 años me mudé a Chicago para acabar el máster en ingeniería industrial. Habiendo pasado ya más de 3 años, estos párrafos resumen mis reflexiones.  

– Trabajo como ingeniera en una empresa que desarrolla proyectos de energía renovable – le digo amablemente a la oficial de aduana en Colombia.

– ¿Qué es eso? ¿Qué energía es esa? – me pregunta con una mezcla de incredulidad y desconfianza. Su expresión se va suavizando al hablarle de paneles solares y de energía eólica. Su actitud defensiva desaparece cuando le confirmo con una sonrisa – Sí, exactamente como dices. Es energía que no contamina.

Y me doy cuenta de que estoy breaking ground en un país donde actualmente menos del 1% de la energía generada procede de una fuente solar o eólica. Cada día descubro más piezas del puzle que es necesario completar para construir una planta fotovoltaica y, poco a poco, rodeada de un equipo con larga experiencia en el sector, empezamos a juntar dichas piezas. Nunca me habría imaginado todo lo que debe pasar para que se genere energía limpia. Además, entiendo que estos procesos no son exclusivos de este sector, sino que se pueden encontrar en cualquier industria y proyecto. Me resulta fácil hacer esas conexiones entre equipos, empresas e industrias para acabar extrapolando lo aprendido a cualquier otra situación, tanto profesional como personal.

«Trabajo en Invenergy. Trabajo en Invenergy». Es el mantra que me repito las primeras semanas en la nueva empresa. Una vez más, me siento una novata. Nadie sabe quién soy y, lo que es más duro, nadie conoce la calidad de mi trabajo. Es duro volver a construir tu personaje. Si alguien ha jugado a los Sims, pienso que es parecido.

De todos modos, ya no me identifico con ese polluelo indefenso que acaba de romper el cascarón. Me sorprendo a mí misma pensando en la lógica de los proyectos y sus distintos procesos. ¿Cómo se podrían mejorar? ¿Qué documentación haría falta para sustentarlos?. Dentro del nuevo ambiente laboral, identifico rápidamente qué personas me ayudarán a subir rápidamente a la ola y no quedarme en la orilla. Le encuentro utilidad a la poca experiencia que tengo hasta el momento, lo cual me hace sentir mejor. Sin embargo, encuentro complicado armarme de paciencia. Y me doy cuenta de que hacía mucho tiempo que no me sentía tan impaciente por aprender. ¿Es así como nos sentíamos de niños?

Es mi último día en Uptake. Me siento triste, muy triste. Es raro. «Sabes que tu tiempo aquí ha acabado. Ahora te vas a enfrentar a algo nuevo. Te gustará», me repito en voz baja a lo largo de esas últimas horas. Pensar en salir por la puerta, sin el ordenador y sin la posibilidad de volver atrás, hace que me atragante. Me siento tan agradecida que hasta se me cae alguna lágrima. Ellos fueron los primeros en apostar por mí cuando nadie lo había hecho y, encima, teniendo yo una visa de estudiante y ninguna referencia profesional en EEUU. Y me doy cuenta de que me llevo no solo conocimientos en Machine Learning, Inteligencia Artificial y todas las palabras de moda en el mundo tech sino, también, muchos amigos.

– Mamá, papá. Confirmado. ¡Me vais a tener en casa dos mesecitos! – informo con toda la alegría del mundo. Me emociono al pensar en estar cerca de mi familia y amigos. Me toca enfrentarme a mi European Tour, ocho países en ocho semanas, donde asistiré en el aspecto técnico a un equipo comercial muy nuevo. Esto hace que lleve a mis espaldas una carga que es pesada, pero a la vez emocionante. Nervios. Son muchos los nervios que me acompañan en cada uno de los vuelos que cojo. Soy consciente de que tenemos una oportunidad, solo una, para generar interés en torno a nuestro producto.

Un producto tan innovador y tan de última tecnología hace difícil el convencer a ingenieros y ejecutivos del valor que está en juego. Y me escucho presentando. Escucho los silencios después de sus preguntas y, con tranquilidad, pienso la mejor forma de responder para que el mensaje sea claro. Y cada día que pasa, ese silencio me genera menos ansiedad. Voy entendiendo que contestar rápido no es sinónimo de contestar bien. Poco a poco, consigo sonreír al hablar. Sí, suena ridículo, pero nunca es fácil hacer un examen mientras sonríes.

Me voy a Chile. En el desierto más seco del mundo, me deslizo dentro de una de las minas más modernas y grandes del sector. Nunca me he puesto botas con punta de acero, pero las manejo mejor que los tacones. Y veo de primera mano cómo se trabaja en la industria minera y aprendo que, aunque cada industria es diferente, todas tienen sus procesos, objetivos corporativos y decenas o centenas de servicios que giran en torno a estas empresas industriales. Y me doy cuenta de que hay una realidad donde las cosas que se ven en el monitor de tu oficina cobran vida y ocupan su lugar en el mundo. Y te impresionan. Y me sorprendo con lo que hemos conseguido como seres humanos.

Es mi primer día de trabajo. Se podría decir que el primer día de trabajo de mi vida, pues aquellas prácticas que hice quedaron enterradas en mi memoria tras los años de universidad. Uptake es una empresa tecnológica. Es de esas empresas que buscan crear un ambiente tipo Google o Facebook, donde los aguacates son gratis. Es de esas empresas donde te sientas al lado de un señor del que no sabes si te impresiona más su currículum de 3 hojas de doctorados y patentes o su IQ. Y yo soy un polluelo que ha roto el cascarón. Soy tímida. Quiero aprender, pero me cuesta preguntar. «Quizás debería saber estas cosas», pienso. Y doy gracias al ir identificando a aquellos que tienen alma de profesor. Y supero la primera semana donde la cabeza parece que me va a estallar y donde me doy cuenta de que se pueden tener agujetas de tanto sonreír para caer bien en el nuevo ambiente. Y cada semana me siento más cómoda y el síndrome del impostor, que creo haber sentido en baja medida, desaparece con los meses y con el feedback de mi trabajo.

Y me doy cuenta de que en ese momento empecé a jugar a ser adulta. Mucho se habla sobre los años de la niñez y de la adolescencia, pero poco del paso a la adultez (¿existe esa palabra?). Últimamente me ha dado por llamar a esa etapa “Jugar a ser adultos” ya que me recuerda a esos tiempos donde la vida no era más que un juego. «Vale. Soy vuestra veterinaria y os voy a curar. Tranquilos» les decía una Andrea más pelirroja y regordeta a sus peluches colocados en línea. Jugábamos a ser adultos: a tener un trabajo, a cocinar, a cuidar de un bebé, etc.

Y, jugando y jugando, creo que ya soy adulta. Un día te das cuenta de que la voz en tu cabeza habla de otra forma. Tus ideas están mejor formuladas, muchos consejos ya están basados en experiencia y hablas con una convicción que antes no estaba ahí. Y me pregunto cómo hablaría esa voz si no hubiera pasado estos 3 últimos años en Chicago. Y pienso si estar en el extranjero me ha aportado algo que no habría encontrado en España y viceversa.

Espero que, al volver a Madrid, pueda seguir jugando a ser adulta, empaparme de lo que España tiene para ofrecerme y, quizás, salpicar al resto de aquello que he aprendido en este país.

Y releyendo lo escrito, llego a una conclusión. Si de algo estoy segura, es de que jugar en el extranjero es una adicción de la que será difícil desengancharse.

Andrea Dameno

Andrea Dameno

Andrea Dameno es Ingeniera Industrial por la Universidad Politécnica de Madrid. Máster por el Illinois Institute of Technology.

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