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Molinos, queso, y un país de oportunidades

Cuando me concedieron la beca Erasmus hace dos años y medio, lo único que conocía de Holanda eran los molinos, el queso y el barrio rojo. Es más, yo ni siquiera quería ir a un país que sólo me llamaba la atención por lo legal de unas sustancias que no me interesaban en absoluto. No, yo quería ir a Alemania para practicar un idioma que aprendí en el colegio y asegurar mi futuro, pero le dieron la plaza a otra persona y de rebote acabé en los Países Bajos. Hoy en día, puedo decir sin lugar a dudas que fue lo mejor que me pudo pasar.

Tras graduarme en Ingeniería Industrial y matricularme en un Máster habilitante que me convertiría en “ingeniera de verdad”, me encontré con que llevaba toda la vida en mi ciudad natal, estudiando y aprendiendo de la misma forma y las mismas personas durante 5 años. Este pensamiento trajo consigo algo de claustrofobia, y revivió mis ganas de salir del país. Quería ver cómo eran las cosas en otras universidades y países, y mejorar como ingeniero y persona. Una beca Erasmus para mi segundo año de máster era mi última oportunidad, y me lancé de cabeza a mi aventura neerlandesa.

Delft es una ciudad muy pequeñita, llena de flores en primavera, y de luces de Navidad en invierno. Tiene un no-sé-qué que la hace especial, algo que los holandeses llaman gezellig y que en español se traduciría como acogedor, y es que Delft, con sus canales llenos de nenúfares y sus casitas estrechas, hace que te sientas como en casa.

Por si todo esto fuera poco, es sede de una de las universidades técnicas más prestigiosas de Europa: Technische Universiteit Delft. Mis expectativas al llegar ya eran altas, pero puedo decir honestamente que fueron superadas por completo. Desde las asignaturas e instalaciones, hasta los compañeros y la feria de empleo gracias a la cual me encuentro hoy aquí.

Es importante mencionar que TU Delft es tan grande que la población universitaria compone más del 20% del total de la ciudad. De hecho, tardé semanas (y una visita al mercado de los sábados) en ver personas fuera del rango de edad de 18 a 30 años. Traducido a nuestro idioma: como está llena de estudiantes, siempre hay cosas que hacer y fiestas a las que ir, cosa que no está mal para descansar de los estudios (que, todo hay que decirlo, son bastante duros).

En fin, que Delft mola mucho.

Mirando atrás, sé que mi curso Erasmus me regaló uno de los mejores años de mi vida, lleno de experiencias y personas maravillosas. Y, aunque tengo que reconocer que en gran medida decidí quedarme cuando conocí a mi actual novio, lo cierto es que Holanda me lo puso bastante fácil: recién aprobado mi último examen, y sin siquiera haber defendido mi TFM, acabé con una oferta de empleo en una empresa estupenda, con un trabajo relacionado con mis estudios y un sueldo que no habría imaginado ni en sueños.

A día de hoy, a mis 26 años, un trabajo que me gusta, mi propia casa con jardín (alquilada, pero oye), un horario que ni siquiera contempla horas extra no remuneradas, y todas las tardes libres desde las 5 para disfrutar de un país que es sólo 10% Holanda.

Lo mismo que podría tener en España, ¿no?

Marina Lobo Blanco

Marina Lobo Blanco

Marina Lobo es Ingeniera Industrial por la Universidad de Sevilla.

1 comentario

  • Marina, me parece estupendo que narres tu experiencia, seguramente servirá a otros jóvenes para no tener miedo a la hora de vivir nuevas experiencias que les completen como personas.